viernes, 12 de agosto de 2011

La prosa caribeña de Enrique Bernardo Núñez y su ensayo Orinoco







INTRODUCCIÓN

El Oriente costero venezolano forma un cuadrado conformado por el Delta de río Orinoco, las islas de Cubagua, Margarita conjuntamente con la de Trinidad y Tobago. Y dentro de esta confluencia geográfica, el autor venezolano que vamos a tratar, Enrique Bernardo Núñez vivió durante algún tiempo en Margarita y gran parte de sus escritos los dedicó en forma constante a asuntos caribeños, insertos en lo más profundo de nuestra historia.

Y es que la historia del Caribe Oriental –Margarita, Cubagua, Trinidad y la desembocadura del Orinoco- es la historia de complicadas coincidencias y que convergen en un común denominador: la búsqueda de El Dorado. Bosquejar la imbricación entre esa historia de aventuras, codicia, asesinatos envueltos en ilusiones perdidas y la literatura que la inspira es el fin de estas páginas.

Dice John Hemming que “El objeto final de todo conquistador era descubrir una mina de oro o plata que ofreciera un fluido constante de tesoros...” En efecto, la esperanza de encontrar imperios escondidos con grandes riquezas y el deseo de descubrir extraordinarias minas de piedras preciosas era un incentivo intrépido y decidido para las extraordinariamente peligrosas aventuras de los conquistadores. Terribles padecimientos, clima inhóspito, enfermedades, animales al acecho, el hambre y la espesura de la selva no importaban ante un imaginario panorama de áureas ciudades. Primero fue (el imaginario) del famoso “hombre dorado” que algunos habían dicho haber visto espolvoreándose el cuerpo entero con oro en polvo para luego con el tiempo y la vaguedad que se desprende del imaginario, amalgamarlo al del mito de El Dorado. Es cierto que de hecho existían ciudades imponentes por sus riquezas naturales, sus perlas y su notable orfebrería dorada, y efectivamente muchos conquistadores quedaron deslumbrados ante los tesoros del Perú y México, unos por verlos y otros por los rumores que les llegaban sobre sus maravillosas obras de orfebrería. Finalmente, después del deslumbramiento primigenio y los consecuentes despojos iniciales, quedaron ruinas y sobre todo... la leyenda.

Debo además decir que el afán de hallar tesoros en lugares exóticos es ciertamente anterior a la conquista y es parte de un imaginario de los pueblos que se pierde en el tiempo y que tiene por herencia ancestral el hombre y su necesidad de crear, imaginar mundos llenos de esperanzadoras riquezas en las cuales revolcarse y que pudieran ser conquistables por sus propias manos. Estos imaginarios transmutados en mitos y leyendas se trasladaron como un embriagante rayo impulsor al conquistador español, alemán e inglés que irrumpió con fuerza demoledora en las tierras de “nuestra América”. Después de sacrificar muchas vidas, de someterse a frustrantes búsquedas y consecuentes derrotas, estas ansiosas y afanosas expediciones sirvieron, por sobre todas las nefastas consecuencias de una conquista, para extender el conocimiento geográfico del interior de Sudamérica y para penetrar en el mismo corazón del valle del Amazonas y en las descomunales cuencas de los imponentes ríos que serpentea.

Primero son las perlas. Cuando llegó Colón por primera vez en 1498 a Tierra Firme, bordeando las costas de Venezuela, quedó en efecto impresionado por las perlas y objetos de oro que llevaban los indios de Paria. Muy pronto, después de estas primeras impresiones, se iba a encontrar la fuente estos tesoros, el de las perlas. Este es el primigenio momento de un imaginario dorado que se concretaba aquí en el dorado brillo de las blanquecinas perlas venezolanas. Perlas que provenían de la yerma isla de Cubagua, cerca de la costa oriental de Venezuela. Empieza aquí una historia llena de codicia y ambición, que hasta hace no mucho atraía la aventurera imaginación de los hombres.
Estos alucinantes antecedentes de muertes, búsquedas y desolación impresionaron a Enrique Bernardo Núñez para escribir su novela Cubagua, esa “fúnebre islilla cubierta de nácar” según palabras del propio autor. Aquellas seductoras imágenes invadidas de nombres, personas, cosas, perlas, nácar, ruinas y soledades acudieron a su memoria en una capilla de la iglesia franciscana le servía de oficina en La Asunción, y fue ahí donde tomó apuntes y donde acudieron aquellos fantasmas que luego se concretaron en esa importante novela que salió a la luz en 1931 y que es, posiblemente, la única narración venezolana que soporte el calificativo de real-maravillosa. De hecho, anterior a las obras de Alejo Carpentier y, como tal, la primera realización de lo real-maravilloso en toda la narrativa latinoamericana, según lo afirma Julio E. Miranda en su libro Proceso a la narrativa venezolana .

Enrique Bernardo Núñez estaba muy consciente de la grave enfermedad que habían sufrido los conquistadores y que aún hoy día afecta las sociedades modernas: la codicia. Y protesta, especialmente a través del arte. Y es que Enrique Bernardo Núñez es con toda seguridad el más creador de estos ensayistas venezolanos de su generación del así llamado “neo-revisionismo contemporáneo”, y eso sin desestimar la obra de Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorry, Augusto Mijares, Ramón Díaz Sánchez, Enrique Planchart o Caracciolo Parra León. Acaso seamos escépticos acerca de su doctrina espiritualista de la historia, pero todos sentimos la fuerza y el espíritu de su escritura. Y en este sentido, su obra es muy poética y muy actual. Sigue causando estremecimiento estético a la vez que comunicando su amor por la tierra con la que se siente tan comprometido.

Había trabajado durante largos años la alquimia de su tema esencial, el “Secreto de la tierra”. Los trazos de la tierra patria y su historia, que prosigue según nuestro autor por las mismas vías iniciadas por los conquistadores, vías que debemos reconquistar y “lo primero que hemos de conquistar, es el propio territorio. Los ingleses tienen otro concepto. Por eso conocer también la región de Trinidad, del Orinoco y del golfo de Paria, entre otras. Por eso las torres de sus pozos se yerguen en el delta de ilimitadas posibilidades, según dicen sus geólogos...”

Y si se huye por culpa de la realidad de una tierra que quiere tragar a los hombres como sucede en Cubagua, es para seguir buscando -como en un hechizo-, otra ciudad dorada, en la búsqueda de un futuro mejor que siempre es presente y pasado. Un camino fluvial se dibuja y se abre en forma de hoja. Leiziaga va silencioso desde Margarita hacia el río Orinoco conducido por un velero. De ahí que el Orinoco se convierte en una nueva esperanza...

ORINOCO, la esperanza...

Y por cierto, cinco siglos antes ya había remontado el Orinoco por primera vez una expedición dirigida por Diego de Ordás que partió de las costas de Venezuela. Esta expedición se convirtió así en la precursora de la búsqueda de El Dorado por las riberas de este grandioso río que baña nuestro país. Ordás estaba deseoso de demostrar que los afluentes de este majestuoso río conducían hasta las fuentes del oro, decía también que ahí había una conexión entre el color del metal y el brillo dorado del sol que guiaba su camino:

“El Dorado se esfumaba ante los ojos del hombre blanco. Algunos se devolvieron a punto de alcanzarlo. Otros pasaron junto a él sin verlo, cegados acaso por su mismo fulgor. Buscándolo en todas partes. Se esfumaba en la niebla de las cordilleras y de los ríos... Si acaso alguno penetró en las calles de Manoa, fue como esclavo. Le pusieron una venda en los ojos. Así ocurrió a Juan Martínez, maestro de municiones de Diego de Ordaz...”

Este conquistador español era duro y rígido pero igualmente aventurero, y ciertamente famoso por su tenacidad en tratar de llegar a El Dorado. Y fueron precisamente sus afanosas fantasías sobre las maravillosas ciudades doradas que ubicada en la selva venezolana las que incitaron a Walter Raleigh a cruzar el Océano para incursionar el Orinoco. El famosísimo cortesano y corsario inglés, poeta y favorito (en un tiempo) de la reina Isabel, se había encantado con muchas lecturas de libros sobre América mientras se encontraba prisionero entre los pesados ladrillos de la Torre de Londres (1592) –a causa de los celos de la propia y amada reina Isabel- y le surgió el deseo de aventurarse para ganarse nuevamente el favor de la reina, en la búsqueda de los maravillosos tesoros que creía iba a encontrar en las ya famosas y no menos fantásticas colinas doradas de Manoa, situada a las orillas del mítico lago Parima.

En 1595 hizo una expedición por el Orinoco que duró algo más de un mes. Fue la primera aventura inglesa al interior de la América del Sur. Walter Raleigh se estaba convirtiendo así en una víctima más de la leyenda de El Dorado. Su imaginación le hace fabricar la historia maravillosa de la huída de los últimos descendientes de los emperadores Incas por el Amazonas y el Orinoco para establecerse en la legendaria Manoa:

“...Hace muchos años que tengo conocimiento, por informes, del poderoso, rico y bello imperio de Guiana (Guayana) y de la grande y dorada ciudad que los españoles llaman El Dorado y los naturales Manoa...”

De regreso al Caribe y después de pasar por mil y una penurias y con las arcas vacías ya que el mismo se había financiado las expediciones, los barcos de Raleigh trataron de ganar algún tesoro para resolver sus problemas económicos. Navegaron pues, a la isla de Margarita en busca de las ya famosas y tan deseadas perlas. Todas estas peripecias con todo detalle quedaron plasmadas en relato de Raleigh que publicó en su citado libro titulado Las doradas colinas de Manoa. No podemos negar que es una narración en verdad interesante, pues contiene una enumeración de todas las expediciones anteriores de las que tenía noticia y que habían partido en busca de El Dorado. Y al explicar la leyenda de El Dorado, logró mezclar aquel mito del hombre bañado en oro con otras anteriores y posteriores, para llegar a una combinación realmente insólita. Fue así como el corsario inglés se convirtió en uno de los que le dio mayor popularidad a esa leyenda que pareciera ser necesaria para estimular la mente de los hombres y que aún hoy día los sigue incitando, pero ahora a través quizás, me pregunto ¿del Internet y las estafas virtuales?

Es evidente que Sir Walter Raleigh se había enamorado del “gran río Orinoco”, según sus propias palabras, tanto así que quiso incluso establecer en sus orillas algunas colonias. Su descripción:

“A ambos lados de este río (Orinoco) se extendía el más bello país que mis ojos jamás hallan contemplado; y por consiguiente todo lo que habíamos visto antes no era nada sino bosques, zarzales, arbustos y espinas; aquí contemplamos llanuras de veinte millas de longitud, de pasto bajo y verde, y en diversas partes sotos de árboles juntos, como si hubieran sido hechos por el arte y trabajo del mundo para tal propósito..”

Neruda afirma que Orinoco era el apellido que le faltaba. Y es que el Orinoco es uno de los ríos no sólo más grandes sino más imponentes de la América del Sur que se levanta en la Sierra de Parima y entra al Atlántico por el gran Delta, y de los múltiples canales que como un enorme pulpo que conduce sus tentáculos hacia el Caribe , algunos son perfectamente navegables. Humboldt lo describió en toda su majestad:

“...Con la salida del Apure nos encontramos metidos en un país completamente distinto. Hasta donde alcanzaba la vista, extendíase una inmensa superficie acuática, comparable a un lago. El penetrante griterío de garzas, flamencos y pelícanos cuando pasaban en largas bandadas de una a otra orilla, no llenaba ya el aire. Apenas veíamos acá y acullá, entre las sinuosidades de las olas, un gran caimán que, con ayuda de la cola, surcaba diagonalmente la movida superficie del agua. El horizonte estaba rodeado de un cinturón de selva, pero en ninguna parte avanzaba ésta hasta el río. Anchas orillas, eternamente expuestas al ardor de los rayos solares, peladas y áridas como la ribera del mar, parecían, a causa de la refracción atmosférica, lejanas extensiones de aguas estancadas. Estas orillas arenosas más bien borraban los límites del río, en vez de precisarlos; según el juego cambiante de la refracción, las riberas tan pronto se acercaban como se alejaban... Estos rasgos de dispersión del paisaje, este sello de soledad y grandiosidad, caracterizan el curso del Orinoco, uno de los ríos más caudalosos del Nuevo Mundo... ... El punto donde se produce la famosa bifurcación del Orinoco, ofrece un espectáculo de rara grandeza. En la orilla Norte se elevan altas montañas de granito, de las cuales se distinguen, a lo lejos, el Maraguaca y el Duida...”

Y de vuelta al siglo XX y a nuestro autor Enrique Bernardo Núñez, en su tan esmerado como interesante ensayo Orinoco.- Capítulo de una historia de este río, el secreto de la tierra que antes se guardaba en las playas y aguas perlíferas, esta vez va a guardarse en el misterio de los ríos. “El Orinoco es su símbolo y su centro” afirma Orlando Araujo al comentar este trabajo. Se publica en 1943 y el autor lo divide en “Manoa, la golden city”, “El secreto del Dorado”, “El viaje de Releigh” y “La herencia de Elisabeth”. Es evidente y extensa la influencia en este trabajo de las narraciones de sir Walter Raleigh, y también, pero en menor medida del Viaje a las regiones equinocciales de nuestro famoso viajero alemán. Y no sólo que Orinoco es un ensayo sobre las crónicas de la búsqueda del dorado en la región bañada por el “gran río”, sino que el autor inserta en esa historia algo más trascendental que lo simplemente descriptivo o informativo geográfico. Orinoco es de hecho una profunda reflexión a la vez que visión recordatoria del constante asedio a que ha estado sometida Venezuela y sus naturales riquezas. También la reclamación de sus fronteras. Es el alerta de una voz que quiere dejarse oír como denuncia colectiva de que lo que aconteció en aquellas remotas épocas de descubrimientos no fue más que el comienzo de un continuo socavar en beneficio de naciones e intereses extranjeros, corsarios galardonados y despojadores impenitentes. Dice Oswaldo Larrazábal que el ensayo Orinoco es “el reclamo apasionado de un escritor venezolano que se angustiaba ante la vigencia intemporal de la ambición colonialista...”

Leamos otro fragmento de este importante ensayo:

“... La adquisición de Trinidad frente al Delta del Orinoco le depara una magnífica posición para dominar la entrada del río (cursiva en el original). Cuando el bloqueo de las costas de Venezuela en 1902 los navíos ingleses se sitúan en las Bocas del Orinoco en demostración de reivindicar aquellas pretensiones. Luego sus geólogos descubren que el lecho submarino entre la isla de Trinidad y la Costa de Venezuela forma una misma zona extraordinariamente rica en petróleo (cursiva en el original) ... ... La historia del litigio es un interminable desfile de fantasmas, desde Colón y Alonso de Ojeda y demás descubridores hasta los más ignorados colonos holandeses y españoles. El Papa Alejandro VI, el Emperador Carlos V y el Rey Felipe IV y Carlos II el hechizado, La Reina Ana de gran Bretaña y el Rey Felipe V. Embajadores, ministros, piratas, negociantes, cronistas, misioneros. El decapitado sir Walter Raleigh, el poeta Juan de Late, quien escribía las proezas de holandeses y españoles. Acudían todos a dar testimonio a favor de Venezuela o de Gran Bretaña, según el caso...”

Finalmente podemos decir que la mayor parte de los ensayos de Enrique Bernardo Núñez son ciertamente además de amenos, trabajados, densos y el rigor subyace sobre todo en las muchas lecturas que se sienten y el prolijo y minucioso aparato documental que se percibe en cada afirmación, en cada secuencia argumental, en cada cita. Enrique Bernardo Núñez logra su efecto en el estricto sentido del género ensayístico, por acumulación, compromiso, densidad, reflexión y textura estilística. Orlando Araujo dice: “historiador, narrador, periodista, cronista, biógrafo, crítico y curioso. Enrique Bernardo Núñez es, por sobre toda clasificación y en la trastienda de todos sus orígenes, un ensayista..”

Podemos decir sin lugar a dudas que Enrique Bernardo Núñez dio al ensayo, en aquel momento de la búsqueda de las identidades, un esplendor y una flexibilidad antes no conocidos, unidos a su amor por la tierra. Y como yo lo decía al principio, en un leguaje muy poético, leamos esta frase del primer capítulo “Manoa, la Golden City” de Orinoco donde la imagen estética se entralaza a la narración en un estilo densamente poético:

“...Al llegar a la Bocas del Orinoco, Raleigh cae gravemente enfermo. Su hijo muere en el asalto a Santo Tomás de Guayana, de cara al enemigo. El fin era, pues, la muerte de su hijo y el fracaso de sus sueños. El mundo para él ya no tenía objeto. Un crepúsculo magnífico caía sobre el Delta y las sombras de la noche no dejaban ver sus lágrimas...”

En cuanto a la temática de sus ensayos, la selección salida de su inquieta, curiosa y densa pluma forma un abanico ciertamente muy variado de asuntos, y si hacemos un arqueo minucioso de los títulos, vemos que son de su preferencia los referidos a la situación existencial y geográfica de Venezuela, a los problemas de la venezolanidad y al estudio de los perfiles de personajes venezolanos (Andrés Bello, Francisco de Miranda, Agustín Codazzi, Arístides Rojas entre otros), todos dentro del ámbito de la identidad nacional. Con una profunda sensibilidad especialmente por la tierra originaria. Y en 1963 “Como si presintiera que la muerte se le acercaba” trazó en el Índice de sus trabajos publicados una suerte de personalísima bibliografía que es el fondo una guía de sus escritos...” . En 1964 murió en su casa de Caracas, un primero de octubre.

A MANERA DE CONCLUSIÓN...

Con el paso de los siglos, El Dorado sigue presente en el imaginario de los hombres, pero cambia de rumbo, según va llamando el interior de la tierra. A principios del siglo XX, con la esperanza de mejor fortuna muchos venezolanos se van a trabajar, después de poblar las húmedas tierras del Delta del Orinoco, a las petroleras del Zulia y de Oriente. Sabemos sin embargo que por lo general la búsqueda de riquezas termina mayormente en devastación. Entonces, ¿dónde hay esperanza? La esperanza del ser humano, según Enrique Bernardo Núñez está en la búsqueda de la Libertad. Y a manera de esperanzadora conclusión “hacia un futuro mejor” (valga el clisé) me permito transcribir este fragmento de su ensayo de “El Dorado y la Libertad”

“...El Dorado les había infundió a los conquistadores la fuerza de la hazaña. Más tarde fue la conquista de la libertad, y de nuevo, otro ideal multiplicó las energías y alimentó la hazaña. El “mito” de la Libertad (por la férrea voluntad de los libertadores) resulta más humano... Es indudable que los pueblos necesitan de una fuerza superior a la del oro. El Dorado y la Libertad son dos maneras de concebir la Historia. Tal vez ambas puedan identificarse. Tal vez la lucha que hoy se desarrolla en el planeta no tiene otro significado. La lucha entre el oro y el hombre. Entre el oro y la voluntad o el espíritu. De estos dos objetivos sale el orden de los Conquistadores y el orden de los Libertadores, en los que realmente puede dividirse este período de la historia de Venezuela. La ruta del Dorado nos pone en comunicación con el hombre primitivo. En su horizonte destella un mundo poético de inmenso valor humano”

Julio E. Miranda, Proceso a la narrativa venezolana, p.115
Enrique Bernardo Nuñez “Signos en el tiempo”, en Bajo el samán. p.18
Enrique Bernardo Núñez Orinoco Ayacucho, p.244
Walter Raleigh, Las doradas colinas de Manoa p.25
Walter Raleigh, Las doradas colinas de Manoa p.130
Alejandro de Humboldt. Del Orinoco al Amazonas. Capítulo XIX, Confluencia del Apure y El Orinoco. Baraguan. Carichana. Confluencia del Meta. La Isla de Panumana y Capítulo XXIV. El Casiquiare. Bifurcación del Orinoco. P. 282, p. 396. p. 199)
Orlando Araujo, Idem
Oswaldo Larrazábal, Biblioteca Ayacucho, p.235
Enrique Bernardo Núñez , Cubagua, p. 253
Orlando Araujo Cacao., p. 24
Enrique Bernardo Núñez Orinoco p.244
Novelas y Ensayos, (Cronología por Roberto José Lovera de Sola), p.325
Enrique Bernardo Núñez Bajo el Samán ,pp.20-21

































BIBLIOGRAFÍA

Obras de Enrique Bernardo Núñez consultadas

Novelas y Ensayos, (Prólogo de Larrazábal), Caracas, Venezuela, Biblioteca Ayacucho, 1987

Codazzi o la Pasión Geográfica, Caracas, Escuela de Periodismo U.C.V. 1961

Escritores Venezolanos, Universidad de Los Andes, Ediciones del Rectorado, Mérida, 1974

La Ciudad de los Techos Rojos, Monte Ávila Editores, 1988

Relieves, Caracas, Congreso de la República, Tomo I y II,1989

Bajo el samán, Biblioteca Venezolana de Cultura, 1963

Bibliografía general

ARAUJO, Orlando. Cacao (Ensayo) (Prólogo de Orlando Araujo), Caracas, Banco Central de Venezuela, Colección de Obras Generales.

ARAY, Edmundo. “La Actual Literatura de Venezuela” en: Panorama de la Actual Literatura Latinoamericana, Madrid, Editorial Fundamentos, 1971

BARNOLA, Pedro. Altorrelieve de la Literatura Venezolana, Caracas, Ministerio de Educación, 1970

BELTRÁN GUERRERO, Luis. Región y Patria. Caracas, Venezuela, Fundación de Promoción Cultural de Venezuela, 1985 (Colección de Literatura y Pensamiento N° 8)

CODAZZI, Agustín. Obras Escogidas. Prólogo: Enrique Bernardo Núñez. (Advertencia Editorial y Notas: Pedro Grases), Caracas, Ministerio de Educaciòn, 1961, 2 Vols.

DÍAZ SEIJAS, Pedro. La Novela y el Ensayo en Venezuela, Caracas, Editorial Armitano, 1972

HEMMING, John. En busca de El Dorado, Barcelona, España, Ediciones del Serbal, 1984

HUMBOLDT, Alejandro de. Del Orinoco al Amazonas, Barcelona, España, Guadarrama/Punto Omega, 1982

HUMBOLDT, Alejandro de. Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente. Caracas, MonteAvila Editores, 1990 (Tomos I-V)

MIRANDA, Julio E. Proceso a la narrativa venezolana, Caracas, Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, 1975

MORENO GARZÓN, Pedro. Venezolanos Ciento por Ciento. Caracas, Editorial Cecilio Acosta, 1943

NAIPUL, V.S. La pérdida de El Dorado, Caracas, Monte Ávila Editores, 1971

RALEIGH, Walter. Las doradas Colinas de Manoa, (Traducción del inglés por Xuan Tomás García Tamayo), Caracas, Ediciones Centauro, 1980

STEINER, George. Antígonas.- Una poética y una filosofía de la lectura. Barcelona, España, Editorial Gedisa, 1987

SUBERO, Efraín y Otros. Bibliografía de Enrique Bernardo Nuñez, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello, 1970 (Colección Bibliográfica, Nro 6)

TABLANTE ALCALA, Leopoldo. Los Relieves de Enrique Bernardo Núñez 1936, 1937 y 1939: Etapa Periodística de Transición, Caracas, Fundación Carlos Eduardo Frías, 1993 (Colección Canícula, Nro3)

VARIOS: Trabajos de Varios Autores Sobre Enrique Bernardo Núñez, en Revista Crónica de Caracas, Nro 62, Concejo Federal, Caracas, Octubre de 1964

VARIOS: Edición de “El Nacional”, Dedicada a la Memoria de Enrique Bernardo Nuñez, Caracas, 1 de octubre de 1965

Cesia Hirshbein
Instituto de Estudios Hispanoamericanos
Facultad de Humanidades y Educación
Universidad Central de Venezuela
chirshbein@yahoo.com



POETAS VENEZOLANOS DEL SIGLO XX




por JOSÉ JESÚS VILLA PELAYO
www.sololiteratura.com
http://poetasvenezolanos.blogspot.com


Esta es una Antología de la Poesía venezolana del siglo XX. Abarca un grupo de 100 poetas, nacidos entre 1870 y 1980.

Mi querida y recordada amiga, la poeta Elena Vera, las llamaba cariñosamente “Antojolías”, no con poco acierto. En consecuencia, he querido ser cuidadoso, pero difícil es la tarea de colectar sin obviar, sin olvidar. Lo que he querido, con este trabajo en ciernes, es, precisamente, “no olvidar”. En Venezuela, ya hemos olvidado demasiado.

Una Antología es una forma de historiografía que, en cualquier nación, es siempre imprescindible. La historia de la poesía venezolana del siglo XX no debe ni puede seguir hueca.

Pero no solamente se trata de una Antología, es mi Canon personal de la poesía escrita en Venezuela en el siglo XX, y, en consecuencia, en el siglo XXI.

Se trata apenas de una muestra, un trabajo que pronto será publicado. He querido, empero, entregar el índice de autores, la muestra, el Canon, que está constituido por 100 poetas. Aquellos que considero los más representativos, importantes e influyentes del siglo XX, con ello, abandono esa falsa y ya esclerosada postura de la filosofía literaria postmoderna según la cual no hay poetas unos más importantes que otros. Deniego ese contra-pincipio/sombra de aniquilación del principio de autoridad. Ya el profesor Harold Bloom, después de las guerras culturales en las universidades estadounidenses (de las cuales habla con mucha seriedad Edward Said) ha intentado rescatar estos principios modernos que el agujero negro postmoderno quiso devorar con ansia.

Recobro, por tanto, ese humanismo, no el hominismo barato y cínico de quienes anhelan destruir y obtenerlo todo.

Los poetas venezolanos del siglo XX y XXI han visto la construcción y destrucción de un país, una y otra vez; la han cantado una y otra vez, y sus vidas han sido expuestas en un ramillete de poemas que abarca la atmósfera espiritual y vital del país desde la Revolución Liberal Restauradora hasta la Revolución Bolivariana. Testigos serenos de las transformaciones políticas, culturales, económicas de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del siglo XXI.

Han sido, por supuesto, testigos de sus propias transformaciones vitales y las han cantado, celebrado o decapitado. Un arco que comprende los días más álgidos de la modernidad, la postmodernidad y el comienzo de lo que se ha llamado últimamente la transmodernidad.

Los poetas venezolanos no han sido inmunes a los cambios ni a las ifluencias. Se han agrupado o no, se han organizado, han ofrecido sus manifiestos, como ofrendas de sus ideales poéticos y humanos. Desde el grupo “La Alborada” y “Viernes” hasta los más recientes “Jueves” y “Bello Púbico”. Esta Tierra de Gracia los ha visto nacer, forjar sus obras y morir. Porque esta Antología es también una estampa del recorrido entre la vida y la muerte.

Al observar el Canon, con algún detenimiento, recordé aquella escena de la película “La sociedad de los poetas muertos” (Dead poets society) dirigida por Peter Weir, en la que Robin Williams (el maestro John Keatting) muestra a sus alumnos algunos retratos de deportistas y ex alumnos del Colegio Welton (de comienzos del siglo XX) y les susurra la famosa frase latina: Carpe Diem (Aprovecha el día).

Les entrego, pues, este Canon, como una primera aproximación a mi libro 100 poetas venezolanos del siglo XX.



1900-1910
10.-LUIS FERNANDO ÁLVAREZ (1902-1952)
11.-MANUEL FELIPE RUGELES (1903-1959)
12.-ANTONIO ARRÁIZ (1903-1962)
13.-ALBERTO ARVELO TORREALBA (1905-1971)
14.-MARÍA CALCAÑO (1906-1956)
15.-MIGUEL RAMÓN UTRERA (1909-1993)
1910-1920
16.-PASCUAL VENEGAS FILARDO (1911-2003)
17.-VICENTE GERBASI (1913-1992)
18.-JUAN BEROES (1914-1976)
19.-CARLOS AUGUSTO LEÓN (1914-1997)
20.-JUAN LISCANO (1915-2001)
21.-ANTONIA PALACIOS (1915-2001)
22.-RAFAEL ÁNGEL INSAUSTI (1916-1978)
23.-LUZ MACHADO (1916-1999)
24.-PÁLMENEZ YARZA (1916-2006)
25.-ANA ENRIQUETA TERÁN (Valera, 1918)


1920-1930
26.-AQUILES NAZOA (1920-1976)
27.-PEDRO FRANCISCO LIZARDO (1920-2001)
28.-ELIZABETH SCHÔN (1921-2008)
29.-JOSÉ RAMÓN MEDINA (1921-2010)
30.-LUIS PASTORI (La Victoria, 1921)
31.-TOMÁS ALFARO CALATRAVA (1922-1953)
32.-ALÍ LAMEDA (1923-1995)
33.-JUAN SÁNCHEZ PELAEZ (1922-2003)
34.-ALIRIO UGARTE PELAYO (1924-1966)
35.-IDA GRAMCKO (1924-1994)
36.-JEAN ARISTIGUIETA (Guasipati, 1925)
37.-ARNALDO ACOSTA BELLO (1927-1996)
38.-RAFAEL JOSÉ MUÑOZ (1928-1981)
39.-DIONISIO AYMARÁ (1928-1999)
40.-HESNOR RIVERA (Maracaibo, 1928)


1930-1940
41.-JESÚS SANOJA HERNÁNDEZ (1930-2007)
42.-FRANCISCO PÉREZ PERDOMO (Boconó, 1930)
43.-RAFAEL CADENAS (Barquisimeto, 1930)
44.-EFRAÍN SUBERO (1931-2007)
45.-JUAN CALZADILLA (Altagracia de Orituco, 1931)
46.-DARÍO LANCINI (1932-2010)
47.-ALFREDO SILVA ESTRADA (1933-2009)
48.-GUILLERMO SUCRE (Tumeremo, 1933)
49.-CARLOS CONTRAMAESTRE (Tovar, 1933)
50.-VÍCTOR VALERA MORA (1935-1984)
51.-RAMÓN PALOMARES (Escuque, 1935)
52.-CAOPOLICÁN OVALLES (1936-2001)
53.-EDMUNDO ARAY (Maracay, 1936)
54.-LUDOVICO SILVA (1937-1988)
55.-ALFREDO CHACÓN (San Fernando de Apure, 1937)
56.-LUIS CAMILO GUEVRA (Tucupita, 1937)
57.-MIYÓ VESTRINI (1938-1991)
58.-EUGENIO MONTEJO (1938-2008)
59.-LUBIO CARDOZO (Caracas, 1938)
60.-ELENA VERA (1939-1998)
61.-LUIS GARCÍA MORALES (Angostura, 1929)
62.-GONZALO CARNEVALI

1940-1950
61.-GUSTAVO PEREIRA (Punta de Piedra, 1940)
62.-LUIS ALBERTO CRESPO (Carora, 1941)
63.-JOSÉ BARROETA (1942-2006)
64.-LYDIA FRANCO FARÍAS (1943-2004)
65.-BLAS PEROZO NAVEDA (Maracaibo, 1943)
66.-REYNALDO PÉREZ SÓ (Caracas, 1945)
67.-MARÍA FERNÁNDA PALACIOS (Caracas, 1945)
68.-HANNY OSSOTT (1946-2002)
69.-ELEAZAR LEÓN (Caracas, 1946-2009)
70.-ELÍ GALINDO (1947-2006)
71.-ENRIQUE HERNÁNDEZ D’JESÚS (Mérida, 1947)
72.-WILLIAM OSUNA (Caracas, 1948)
73.-ARMANDO ROJAS GUARDIA (Caracas, 1949)
74.-ALEJANDRO OLIVEROS (Valencia, España, 1948)
75.-RAMÓN ORDAZ (El Tigre, 1948)
1950-1960
76.- LUIS ALBERTO ANGULO (Barinitas, 1950)
77.-IGOR BARRETO (San Fernando de Apure, 1952)
78.-MIGUEL JAMES (Trinidad y Tobago, 1953)
79.-YOLANDA PANTIN (Caracas, 1954)
80.-MIGUEL MÁRQUEZ (Caracas, 1955)
81.-MARÍA AUXILIADORA ÁLVAREZ (Caracas, 1956)
82.-MARITZA JIMÉNEZ (Caracas, 1956)
83.-BERVERLY PÉREZ REGO (Halifax, Canadá, 1957)
84.-MHARÍA VÁZQUEZ BENARROCH (Pontevedra, España, 1958)
85.-MARTA KORNBLITH (1959-1997)
86.-RAFAEL ARRÁIZ LUCCA (Caracas, 1959)
87.-CÉSAR SECO (Coro, 1959)


1960-1970
88.-PATRICIA GUZMÁN (Caracas, 1960)
89.-GONZALO FRAGUI (Mucutuy, 1960)
90.-SONIA CHOCRÓN (Caracas, 1961)
91.-TAREK WILLIAM SAAB (El Tigre, 1963)
92.-GREGORY ZAMBRANO (Caracas, 1963)
93.-MIGUEL MARCOTRIGIANO (Caracas, 1963)
94.-LIBESLAY BERMÚDEZ (Caracas, 1965)
95.-JACQUELINE GOLDBERG (Maracaibo, 1966)
96.-MARIELA CASAL (Acarigua, 1967)
1970-1980
97.-LUIS ENRIQUE BELMONTE (Caracas, 1971)
98.-ALEJANDRA SEGOVIA (Caracas, 1973)
99.-XIMENA BENITEZ (Caracas, 1974)
100.-ERIKA REGINATO (Caracas, 1977)
101.-NÉSTOR ROJAS (El Tigre, 1961)
102.-JOSÉ CANACHE LA ROSA (Ciudad Guayana, 1951)
103.-HORACIO BIORD CASTILLO (San Antonio de Los Altos, 1961)

jueves, 4 de agosto de 2011

martes, 2 de agosto de 2011

EL RÍO SIEMPRE

Estoy solo a orillas del río
Me visita el terror secreto de la soledad
Hay un fantasma fijo que me habita y me habla
Soy cada vez más extraño a la vida
Soy cada vez más piedra de la herencia

La ciudad arde bajo un mereyal sombrío
La ciudad arde en una esmeralda de mi memoria
Entro a su sol y escucho su plegaria de granito
El niño que me acompaña escucha
El gemido nocturno de sus muros
Rociados con sangre de vaca.

Estoy sólo a orillas del río
Las aves tejen y entretejen el cielo
Las toninas soplan en los flancos de la marea
Y en la vieja luz de mis huesos
Tanta mirada perdida
Tanta música desconsolada
Brotando como flechas de la memoria

Estoy desprovisto de senderos
Llega un caballo conversando de hojas tiernas
Llega un friso troquelado en cuero de tambor
Llega un tigre que canta en lo alto de una mata
Me vuelvo lejos
Como si la historia nos estuviera soñando
Como si el día fuera sin término

Ante mí pasa una bala
Pasa la página de un libro
Pasa un camposanto
Donde van despidiéndose
Del ayer o del mañana
Mis amigos
Pasa una mariposa vestida de mi rostro
Me siento mal frente a este hielo
Que se desdibuja
Frente a este humo
Que se deshace y me transforma
Escribo la estrella y desaparece
Escribo el fantasma y es mi olvido
Escribo mi nombre
Y el agua pasa por encima
Lavando su tiniebla

El río
El río siempre

jueves, 16 de junio de 2011

La creación literaria: un mapa que se borra apenas llegas




Héctor Torres *


«Lo esencial es indefinible. ¿Cómo definir el color amarillo, el amor, la patria, el sabor del café? ¿Cómo definir a una persona que queremos? No se puede.»

Jorge Luis Borges


Si algo despierta un interés obsesivo entre los autores jóvenes, y en todo aquel que siente una gratitud religiosa hacia la literatura, es la ilusión de atisbar la receta con la que un autor determinado, no sólo logra recrear un pasaje de la vida (que la describe como una gota de sangre lo haría con el torrente sanguíneo de una persona), sino que además ilumina un rasgo del engranaje que la pone en funcionamiento.

Y digo ilusión porque la creación literaria se produce a través de un mecanismo desconocido hasta para el mismo creador. Es el producto de una conexión con una parcela del cerebro de la que no se poseen coordenadas precisas y a la cual no se sabría volver voluntariamente. Es un acto imposible de sintetizar con palabras. Un delicioso plato del que nadie, ni aún el que lo prepara, conserva la receta.

A propósito de esta imagen gastronómica, Adolfo Bioy Casares señaló en una ocasión que a él le hubiese gustado aprender a cocinar, y que cada vez que inquiría “¿cómo se hace tal plato?” invariablemente le respondían: “Es muy fácil. Pones tal cosa y tal otra, en cantidad suficiente”.¡Cantidad suficiente! ¿Qué es cantidad suficiente?, se preguntaba, para concluir que “a lo mejor escribir bien consiste en saber, en todo momento de la composición, cuál es la cantidad suficiente.”

*

Se han escrito miles de páginas que intentan aproximarse a esa misteriosa e inasible “cantidad suficiente” que sólo conoce el instinto de cada autor. Muchos son los libros (académicos, autobiográficos, testimoniales, especulativos) que intentan desentrañarla, así sea a través de metáforas o símiles. Muchas las preguntas en entrevistas que intentan dar con las condiciones que la propician, desde ¿a qué hora escribe?, o ¿cuáles son sus autores fundamentales?, hasta ¿tiene algún rito especial al momento de escribir?, o la muy directa ¿qué consejos daría a los jóvenes autores?

En el caso de la tradición directa de la que bebemos (es decir, de la literatura venezolana), no son muy copiosas las fuentes documentales acerca de estas aproximaciones a la fórmula de la buena escritura artística, ni a los difusos límites entre cuento y novela, por nombrar algunos de los problemas típicos que se plantean frente a la creación.

Sobre el segundo punto hay algunos textos categóricos. Está, por supuesto, aquello que acotara Guillermo Meneses en el prólogo de su Antología del Cuento Venezolano, citando a Las mil y una noches, para sintetizar la definición de cuento como “una historia maravillosa jamás oída”, aludiendo a la importancia capital que tiene la forma en ese género, al producir la sensación de estar contando un hecho portentoso, aunque se trate de una anécdota más o menos repetida.

De igual manera, en su famoso “El cuento: lince y topo”, José Balza anota algunas aproximaciones a las características del cuento, entre ellas la brevedad: “algo que quiere extenderse pero que debe concluir pronto (…), y debe concluir para poder prolongarse”; y la precisión: “El cuento no admite vacilación en ninguna de sus palabras. Cada una deja de existir por sí misma para conducir a la próxima”.

Oscar Marcano señala al respecto que, a diferencia de la novela, en el cuento no hay municiones para gastar, por lo que se debe emplear lo poco que se tiene de la manera más eficaz. “A la novela, en cambio, la veo como a una catedral. Es un universo casi infinito en el cual tienes que desarrollar fundaciones, arbotantes, columnas, naves, arcos, cúpulas, vitrales, capiteles, en fin… hasta gárgolas. Es una tarea epopéyica. El cuento es estrictamente lo contrario. Con dos trazos tienes que pergeñar una historia que tiene que estar imbuida de un discurso y tienes que producir un efecto”.

Volviendo a la gastronomía, Federico Vegas usó las presentaciones del huevo para establecer fronteras entre estos dos géneros. Una mañana, frente a un plato en el que lo esperaba un huevo frito, lo vislumbró: “La claridad de su perímetro perfectamente definido; su absoluta finitud y su indiscutible condición de ser exactamente lo que es retrata sin lugar a dudas al cuento. Intacto en su forma, llano en sus personajes”. En contraposición, el revoltillo definiría a la novela: “sus bordes irregulares dan cuenta de lo inasible de sus límites y su volumen caprichoso, de lo complejo de sus personajes”.

*

El otro problema es más difícil de precisar en palabras. Allí valdría la pena recordar cuanto se ha dicho, a propósito o no, directamente o mediante parábolas, sobre aspectos específicos o en torno a la vida del escritor en general. Apuntaré algunos valiosos comentarios (ellos preferirían que no los etiquetara como “consejos”) que he oído de boca de autores venezolanos más experimentados, los cuales siempre he tenido presentes —siquiera por cábala— a la hora de escribir. Veamos:

La importancia del acabado. Eduardo Liendo suele recordar a Oswaldo Trejo, que siempre le advertía que el valor de un texto estriba en la plenitud alcanzada en su acabado y no en la ambición de la empresa propuesta. “Mas vale un western logrado que una épica fallida”, sentenciaba.

Pensar mucho antes de escribir. Elisa Lerner advirtió que la creación literaria nace en el pensamiento y que a ella debemos dedicar gran parte del trabajo de la hechura del texto. En una ocasión en que la encontré en una presentación de un libro, le comenté acerca de lo poco común que resultaba verla en público, a lo que ella respondió que la literatura exige ese tiempo que los eventos sociales consumen. Contemporizando, le comenté que, en efecto, leer y escribir necesitan mucho tiempo. “Y pensar —señaló con solemnidad—. Se necesita pensar mucho antes de escribir”.

Ignorar toda regla ajena al universo de los personajes. Luego de leer La huella del bisonte, Alberto Barrera Tyzska tuvo la generosidad (un rasgo más bien común entre nuestros escritores) de invitarme un café para comentar algunas impresiones. Lo primero que me preguntó, con severidad y desconfianza, fue: “¿Por qué a Mario lo atracan luego de lo que pasó con la chica?”. Intenté balbucear algunas respuestas, que iban por el camino del “estaba tan aturdido que no veía por dónde se metía”. Asintió, más tranquilo, aunque me alertó acerca de que si de algo debemos cuidarnos, para preservar la credibilidad de las historias, es de darle soluciones moralizantes a las acciones que viven los personajes.

Divertirse con lo que se hace. En cierta ocasión, durante una entrevista que hice a Ana Teresa Torres para Ficción Breve Venezolana, le pregunté si escribía novelas (en ese caso aludía específicamente a El corazón del otro) porque es un género que a la gente le gusta mucho, y respondió que, en efecto, “es un género que a la gente le gusta, ha tenido éxito, ha tenido recepción, pero sobre todo a mí me divirtió mucho escribirlo. Yo lo pasé bien, no voy a escribir algo para fastidiarme. Porque si el autor se aburre, imagínate tú el lector. Entonces, lo primero es que yo tengo que sentir el placer de lo que estoy haciendo”.

*

Al escribir ficción se procede como el que urde una mentira antes de llegar a casa. No se debe abrir la boca hasta que no se han atado todos los posibles cabos por donde nos puedan preguntar y derribar la existencia de nuestra historia con la implacable presencia de la “duda razonable”. Sólo después que tenemos todos los frentes cubiertos, es que salimos, triunfantes, a echar nuestra mentira al mundo. Los cuentos, los capítulos, las situaciones, la vida de los personajes, son las pequeñas mentiras que van componiendo nuestro gran universo ficticio. ¿Cómo contar esa mentira? ¿Cómo dosificar la entrega de sus elementos para alimentar la credibilidad? ¿Qué tanto de lo que se sabe se debe mostrar? ¿Cuánto tiempo diario dedicaremos a esa tarea? ¿Cuándo comenzar y cuándo terminar? ¿Vale más la investigación que la imaginación? ¿Qué es “cantidad suficiente”?

Ni el más experimentado narrador podría responder esas preguntas con excesiva certeza. Esa angustia que provoca el temor de no saber si podrán escribir ese siguiente libro, los mantiene en la eterna perplejidad ante el misterio de la creación.

Y aunque ningún autor podría explicar cabalmente cómo escribe, si en algo coinciden todos es que sin la escritura la vida sería más miserable, menos llevadera. Como lo advirtiera con poderosa elocuencia José Pulido, cuando sentenció que “sin la ficción la realidad solo sería un montón de carne pudriéndose y el corazón sólo sería una víscera”.


*Narrador venezolano.
Cofundador y editor del Portal Ficción Breve Venezolana
@hectorres

lunes, 30 de agosto de 2010

AGOSTO

domingo, 9 de mayo de 2010

LITERATURA VENEZOLANA: DE LOS 40 A LOS 80



El escritor venezolano, por un destino que parece inexorable y fatal, está unido a las circunstancias políticas que le tocan vivir. Entre los años 40 y 50, se producen, paralelamente, textos muy influidos por las corrientes europeas. No se puede obviar el aporte de escritores outsiders en su momento como Enrique Bernardo Núñez y José Antonio Ramos Sucre, cuyo real aporte e influencia se verá posteriormente.
Pero también hay otro grupo de escritores que toma estéticamente el paisajismo y la infancia, esa generación de los 40, que conformó el Grupo “Contrapunto” y aún tiene raíces en poetas actuales, especialmente los formados en el Occidente y Los Andes del país.

Entre ambas tendencias: una que –provisionalmente- pudiera llamarse intimista y otra, que –también provisionalmente- pudiera llamarse exteriorista. Es decir, no se trataba ésta de una descripción del paisaje en sí, sino de una transformación del mismo a través de la mirada de poetas y algunos narradores.
En narrativa, ya desde antes se había generado esa división (caso Teresa de la Parra/ Rómulo Gallegos) Por razones que van más allá de la literatura en sí, Gallegos se convirtió en el paradigma narrativo venezolano. Leyéndolo sin prejuicios, uno descubre su intento estético de fijar un paisaje, usos, costumbres y tradiciones de diferentes partes del país. Tuvo vocación de descubridor y de conquistador.

No es éste el momento adecuado para entrar en las corrientes que recorrían el continente, como el arielismo, el nativismo y el realismo mexicano y que necesariamente tenían que inluir en las obras que se iban produciendo.
Lo que sí resulta curioso fue que un fenómeno como el inicio impactante de la industria petrolera en Venezuela no fuera más notoria sino en autores como Efraín Subero, algo de Gustavo Díaz Solís y la novela “Mene”, de Ramón Díaz Sánchez, que apareció solamente en 1936, después del fallecimiento del general Gómez en el último y tenebroso tiempo de su dictadura. Pero aún Díaz Sánchez continuó su escritura dentro del canon establecido. Hay un ensayo investigativo de Gustavo Luis Carrera, “Venezuela, Literatura y Petróleo”, quizá inencontrable, que estudia cuidadosamente esa época y esa literatura.

La muerte de Gómez no significó la destrucción del gomecismo. Hubo allí una transición que, si se hubiera cumplido, quizá hubiera dado una historia diferente. Pero eso es lo que tenemos. Uno siente que se ha estudiado poco la influencia de Julio Garmendia, como cuentista y como teórico. Lo cierto es que la segunda mitad de la década del 50, en el siglo 20, abre súbitamente una eclosión de morfologías y sintaxis literarias distintas, poesía y narrativa: Guillermo Sucre, Luis García Morales, son nombres que se vienen a la memoria. Había, eso sí, una tímida acción política en la formación del grupo “Sardio” y de allí se nutrieron narradores que estaban procesándose como Guillermo Meneses, Alfredo Armas Alfonzo, Salvador Garmendia y Adriano González León. No era “Sardio” un grupo de literatos solamente, pues allí participaban artistas plásticos, músicos y gente de teatro.

Dos figuras literariamente descollantes sientan el hito de los cambios con mayor vigor que sus antepasados: Guillermo Meneses, que, en su segunda fase, entra a una escritura de tonos opacos, que refleja cambios, y, especialmente, los cambios que están sufriendo las ciudades por el empuje abierto del petróleo y sus consecuencias. La otra figura es Alfredo Armas Alfonzo, quien retoma el sabroso gusto del contar, pero con un lenguaje particularmente sonoro. No rechaza ni historia, ni tradición: se impregna de esas disciplinas y de la tierra aún manchada de sangre, a la que da el nombre a las flores silvestres, a los personajes de los pueblos y a los héroes anónimos.

“Sardio” ve morir la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y entre en un conflicto ideológico que los hace dividirse. Sin embargo, su ejemplo de agrupamiento se multiplica por todo el país, haciendo surgir muy interesantes e importantes obras, ya no centradas en la capital del país, o en un paisaje rural realmente desconocido.

Todos los escritores nombrados van evolucionando en sus proyectos de literatura. La lucha política se traslada a las obras y, en medio de toda aquella vorágine, de la Universidad Central de Venezuela parte “En HAA” como una flecha.
Éste es el panorama aproximado. La derrota de los movimientos guerrilleros en Venezuela, la frustración y el desencanto, se ponen de relieve en una generación distinta, la de los años 70, que privilegiaba el lenguaje como materia prima estética, ponía de lado los simbolismos y la semiótica y crea unos textos que eran literarios por sí mismos. Oswaldo Trejo fue el que lideró este movimiento, que se prolongó durante más de una década en textos narrativos que no narraban, poesía brevísima, juegos de palabras y aforismos.

Los otros escritores nombrados, sin caer en la nueva tendencia, tampoco abrieron debate, sino que cada uno pareció encerrarse en su mundo creativo y resistir desde allí.

Por otra parte, el Estado venezolano creó varias instituciones culturales, el Instituto de Cultura y Bellas Artes, la editora Monte Ávila, para nombrar los más significativos. Y eso implicó el ingreso al país de propuestas literarias muy diversas, que venían de Argentina y Chile, por ejemplo, pero también desde Europa y Estados Unidos. La influencia de todas esas nuevas y masivas lecturas obviamente transformaron el quehacer literario venezolano.

Domingo Miliani, quien había pasado una temporada larga en México, trajo varias ideas impactantes: la formación de Talleres Literarios y la creación del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, pues uno de sus postulados era que los artistas no podían quedarse en el estrecho conocimiento de su arte, sino buscar de dónde venían sus culturas y sus maneras de escribir.

Los Talleres Literarios no han sido estudiados profundamente en su significación y sus procesos, que muchos adversaron y aún adversan. El CELARG se convirtió primordialmente en un Centro Académico. Y en esta especie de vacío, aparece un escritor como Francisco Herrera Luque, quien trabaja la historia novelada e inmediatamente fue asumido por los lectores. Al principio, hubo mucho desprecio por lo que se consideraba best-seller en el sentido peyorativo del término, es decir, más venta significaba menos calidad.

Pero Herrera Luque coincidió con la difusión de las obras pre-boom latinamericano y las del boom propiamente dicho. De súbito, lo latinoamericano pasó mundialmente a ser tomado en cuenta. Herrera Luque continuó con esa escritura tersa e irónica que recreaba la historia. Pero a su lado brota un manantial escandaloso como Denzil Romero, quien aborda también la novela histórica, pero dentro de un lenguaje altamente barroco Y crece, entretanto, la posición estética de Alfredo Armas Alfonzo. Entonces, es cuando obras como “Cubagua”, de Enrique Bernardo Núñez, de Ramos Sucre, de Antonia Palacios, de Elisa Lerner y Teresa de la Parra, son tomadas en cuenta. Igualmente la de autores más recientes: José Balza y Carlos Noguera. Escritores como Orlando Chirinos, César Chirinos y tanta gente en el interior del país.

Releyendo lo escrito, me doy cuenta de que he puesto énfasis en la narrativa, así que será preciso releer respetuosa y críticamente la poesía para que el lector internacional pueda tener el panorama completo.

La generación de los 80 hubo de luchar mucho para obtener su puesto, tomado prácticamente, por los autores de las generaciones posteriores. En este sentido, se destacan las obras de Luis Barrera Linares, Ana Teresa Torres, Stefania Mosca y muchos otros. Aún hay una generación de los 90, que merece atenderla con sumo cuidado. Coincide, además, con otro período de oscurantismo.


MMGC

9 de Abril del 2010

miércoles, 17 de marzo de 2010

EL ORINOCO ES UNA IDENTIDAD





I.
El trazo geométrico de una cesta indígena por un momento recuerda al Josef Albers que está en el Museo de Arte Moderno Jesús Soto. Por un momento, por un inefable momento, también uno se adentra, asumiendo la simétrica metáfora de la cesta, en los alfabetos del propio Soto: esos códigos donde el movimiento perpetuo se condensa en concreta belleza. Marea el movimiento allí. Trasciende la rigidez del estatuto geométrico. Y, sin embargo, todos están emparentados por el mismo principio: la dialéctica: todo va y viene, todo fluye, todo es movimiento, el espacio es el territorio del tiempo y el tiempo, agua, arena: piedra, también, porque se intuye en la piedra la erosión que fecunda la permanencia.

En el agua aparecen los signos de una escritura ilegible.
Escritura de garzas de bejucos de caimán.
El espacio mostrando sus espíritus
En la estela de bronce azul

Dice el Poeta (Luis García Morales: El Río Siempre)

[Ahora, en este instante, viene otra imagen: desde la montaña, las inmensas lajas van bajando y subiendo: las montañas, en el horizonte, contra el horizonte del crepúsculo. Ellas, las montañas, son siluetas de un verde violáceo. Luego, entre las montañas del horizonte y el punto elevado en que uno se encuentra, hay una llanura intensamente verde, regada de lagunas que reflejan los cambios que en el cielo deslumbran. La luna, en sus últimos días de creciente, surte una luz plateada que no termina de derrotar el escándalo luminoso de la hora de cierre del día. Una brisa no tan suave se mete entre las hojas de los arbustos. Y, más allá de todo, el estruendo del agua de los ríos que fueron, de los ríos que son: la seguridad de que todos ellos han de llegar al Río].

II.
Para el ribereño, sólo existe un Río en el mundo: el propio. Orinoco. Ritmo y respiración se ajustan a los ciclos fluviales. El amor y el odio, el nacimiento y la muerte, la alegría y la tristeza: todo en extremos concluyentes, se radica en la metáfora del agua. En los días de Agosto, los hombres se lanzan a la corriente para retar el furor del Orinoco crecido. Los frágiles de corazón, los despechados, también se lanzan, buscando un alivio definitivo. Las mujeres de Mayo se empreñan para parir en el mes llamado de las flores. Hay muchos niños de Mayo. Cosecha del Río, espejeando con la cosecha de peces que se exhibe con sangriento esplendor, exuberante, en las orillas de Agosto. Y luego, cuando la creciente se retira, todo el pueblo de las riberas se prepara para la próxima. La esperada.
Porque toda vida se vincula con ese Río y su incesante paso. Un poema de José Eugenio Sánchez Negrón, poeta guayanés nacido en 1921 y fallecido en 1990, puede expresar este sentimiento de manera más precisa:

El río. El río. El río interminable.
Está escrito en el humo, en la piedra
Y sobre el limo:
Yo soy
Tú eres
Él es
Yo soy la soledad del río
Que el tiempo sostiene entre sus manos
Y detrás del miedo
Oculto por el biombo de los nidos
El río
Lloró sobre el hombro de los pájaros
Y los pájaros
Lloraron como el río

III.
Se dice que el Orinoco fue un intento fallido de Amalivaca, héroe civilizador de los indígenas de Guayana, quien deseaba hacer un río de dos corrientes paralelas. Por eso, en ocasiones el Río simula correr hacia el oeste. Esta cualidad contradictoria, la apariencia de sus remolinos y la languidez de su transcurso, se involucran con el ser de los ribereños. Los grabados de Gladys Meneses, por ejemplo, emparentados con la estirpe de los textos de José Balza, expresan un tiempo/espacio fluvial/fluyente donde todo es circularidad, germinación y enmascaramiento. Dicen que Amalivaca usaba máscaras de barro decoradas con coloridas plumas. Algunos lo emparentan con el mismo Quetzalcoatl. Muchas veces se piensa que la cualidad teatral de Angostura es parte de ese mismo signo distintivo: el Río y el hecho de haber sido instalada en ésta su forma aparentemente definitiva durante el signo de Géminis, convierten la Ciudad en un friso de máscaras, enfrentado al transcurso del Orinoco. Nada hay en ella que no pertenezca a esa esencia. En ella conviven Verbo y Puñal, Miedo y Valor, Lealtad y Traición, bajo la cúpula de encajes que la resguarda.

IV.
Nombres y más nombres de seres humanos: exploradores, aventureros, guerreros, poetas, artistas de la forma, se vinculan al Orinoco. ¿Qué fiebre instaura él en esos seres que, deslumbrados por el brillo de oro de su corriente, se lanzan a la maravilla de evocarlo, de invocarlo, de intentar la representación de su innumerable corriente? Walter Raleigh y Antonio de Berrío dejaron en él hasta la sangre de su estirpe. Alejandro de Humboldt lo descubrió, obliterando el terror implícito que Colón dejara en sus Diarios y Bitácoras de 1498. Juan de Castellanos lo desenterró hecho caudal desde su retiro en la alta montaña de Tunja. Jules Verne lo descubrió desde los relatos de Chaffanjon y lo escribió en su gabinete de Amiens. Luego, Pablo Neruda, Luz Machado, Lucila Palacios, Rafael Pineda, Luis García Morales... ¿Quién no ha sucumbido bajo su hipnótico hechizo?

V.
Dicen que una Serpiente vive bajo la Piedra del Medio. Una Serpiente enorme, de Siete Cabezas. Los habitantes de las Islas juran que han oído su voz cantando en los largos veranos, cuando la sequía pone al descubierto las piedras más antiguas. Un silencio denso y profundo precede esa voz. Y, de súbito, un relámpago.
Si pasa el viento barinés, entonces la voz de la Serpiente llega hasta Puerto Ayacucho y hasta las desembocaduras a la vez, dicen. Dicen que esa Serpiente era cabalgada por Amalivaca y que algún día, él regresará por ella, para elevarla, símbolo del arcoiris. Que todos los que esperan a Amalivaca deben cuidar de que sus parajes se encuentren intactos para que él continúe su obra. El progreso ha hecho que se olviden esas leyendas donde está plasmado el aliento más íntimo de la sobrevivencia. Pero en la fe más originaria y en el arte perviven los ecos.

RELOJ DEL CIELO

PERO NUNCA PENSÉ QUE DOLIERA TANTO

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... MAS YA NO LLORO POR TI: ESTÁS EN UN LUGAR DONDE EXISTE PAZ..

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