INTRODUCCIÓN
El Oriente costero venezolano forma un cuadrado conformado por el Delta de río Orinoco, las islas de Cubagua, Margarita conjuntamente con la de Trinidad y Tobago. Y dentro de esta confluencia geográfica, el autor venezolano que vamos a tratar, Enrique Bernardo Núñez vivió durante algún tiempo en Margarita y gran parte de sus escritos los dedicó en forma constante a asuntos caribeños, insertos en lo más profundo de nuestra historia.
Y es que la historia del Caribe Oriental –Margarita, Cubagua, Trinidad y la desembocadura del Orinoco- es la historia de complicadas coincidencias y que convergen en un común denominador: la búsqueda de El Dorado. Bosquejar la imbricación entre esa historia de aventuras, codicia, asesinatos envueltos en ilusiones perdidas y la literatura que la inspira es el fin de estas páginas.
Dice John Hemming que “El objeto final de todo conquistador era descubrir una mina de oro o plata que ofreciera un fluido constante de tesoros...” En efecto, la esperanza de encontrar imperios escondidos con grandes riquezas y el deseo de descubrir extraordinarias minas de piedras preciosas era un incentivo intrépido y decidido para las extraordinariamente peligrosas aventuras de los conquistadores. Terribles padecimientos, clima inhóspito, enfermedades, animales al acecho, el hambre y la espesura de la selva no importaban ante un imaginario panorama de áureas ciudades. Primero fue (el imaginario) del famoso “hombre dorado” que algunos habían dicho haber visto espolvoreándose el cuerpo entero con oro en polvo para luego con el tiempo y la vaguedad que se desprende del imaginario, amalgamarlo al del mito de El Dorado. Es cierto que de hecho existían ciudades imponentes por sus riquezas naturales, sus perlas y su notable orfebrería dorada, y efectivamente muchos conquistadores quedaron deslumbrados ante los tesoros del Perú y México, unos por verlos y otros por los rumores que les llegaban sobre sus maravillosas obras de orfebrería. Finalmente, después del deslumbramiento primigenio y los consecuentes despojos iniciales, quedaron ruinas y sobre todo... la leyenda.
Debo además decir que el afán de hallar tesoros en lugares exóticos es ciertamente anterior a la conquista y es parte de un imaginario de los pueblos que se pierde en el tiempo y que tiene por herencia ancestral el hombre y su necesidad de crear, imaginar mundos llenos de esperanzadoras riquezas en las cuales revolcarse y que pudieran ser conquistables por sus propias manos. Estos imaginarios transmutados en mitos y leyendas se trasladaron como un embriagante rayo impulsor al conquistador español, alemán e inglés que irrumpió con fuerza demoledora en las tierras de “nuestra América”. Después de sacrificar muchas vidas, de someterse a frustrantes búsquedas y consecuentes derrotas, estas ansiosas y afanosas expediciones sirvieron, por sobre todas las nefastas consecuencias de una conquista, para extender el conocimiento geográfico del interior de Sudamérica y para penetrar en el mismo corazón del valle del Amazonas y en las descomunales cuencas de los imponentes ríos que serpentea.
Primero son las perlas. Cuando llegó Colón por primera vez en 1498 a Tierra Firme, bordeando las costas de Venezuela, quedó en efecto impresionado por las perlas y objetos de oro que llevaban los indios de Paria. Muy pronto, después de estas primeras impresiones, se iba a encontrar la fuente estos tesoros, el de las perlas. Este es el primigenio momento de un imaginario dorado que se concretaba aquí en el dorado brillo de las blanquecinas perlas venezolanas. Perlas que provenían de la yerma isla de Cubagua, cerca de la costa oriental de Venezuela. Empieza aquí una historia llena de codicia y ambición, que hasta hace no mucho atraía la aventurera imaginación de los hombres.
Estos alucinantes antecedentes de muertes, búsquedas y desolación impresionaron a Enrique Bernardo Núñez para escribir su novela Cubagua, esa “fúnebre islilla cubierta de nácar” según palabras del propio autor. Aquellas seductoras imágenes invadidas de nombres, personas, cosas, perlas, nácar, ruinas y soledades acudieron a su memoria en una capilla de la iglesia franciscana le servía de oficina en La Asunción, y fue ahí donde tomó apuntes y donde acudieron aquellos fantasmas que luego se concretaron en esa importante novela que salió a la luz en 1931 y que es, posiblemente, la única narración venezolana que soporte el calificativo de real-maravillosa. De hecho, anterior a las obras de Alejo Carpentier y, como tal, la primera realización de lo real-maravilloso en toda la narrativa latinoamericana, según lo afirma Julio E. Miranda en su libro Proceso a la narrativa venezolana .
Enrique Bernardo Núñez estaba muy consciente de la grave enfermedad que habían sufrido los conquistadores y que aún hoy día afecta las sociedades modernas: la codicia. Y protesta, especialmente a través del arte. Y es que Enrique Bernardo Núñez es con toda seguridad el más creador de estos ensayistas venezolanos de su generación del así llamado “neo-revisionismo contemporáneo”, y eso sin desestimar la obra de Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorry, Augusto Mijares, Ramón Díaz Sánchez, Enrique Planchart o Caracciolo Parra León. Acaso seamos escépticos acerca de su doctrina espiritualista de la historia, pero todos sentimos la fuerza y el espíritu de su escritura. Y en este sentido, su obra es muy poética y muy actual. Sigue causando estremecimiento estético a la vez que comunicando su amor por la tierra con la que se siente tan comprometido.
Había trabajado durante largos años la alquimia de su tema esencial, el “Secreto de la tierra”. Los trazos de la tierra patria y su historia, que prosigue según nuestro autor por las mismas vías iniciadas por los conquistadores, vías que debemos reconquistar y “lo primero que hemos de conquistar, es el propio territorio. Los ingleses tienen otro concepto. Por eso conocer también la región de Trinidad, del Orinoco y del golfo de Paria, entre otras. Por eso las torres de sus pozos se yerguen en el delta de ilimitadas posibilidades, según dicen sus geólogos...”
Y si se huye por culpa de la realidad de una tierra que quiere tragar a los hombres como sucede en Cubagua, es para seguir buscando -como en un hechizo-, otra ciudad dorada, en la búsqueda de un futuro mejor que siempre es presente y pasado. Un camino fluvial se dibuja y se abre en forma de hoja. Leiziaga va silencioso desde Margarita hacia el río Orinoco conducido por un velero. De ahí que el Orinoco se convierte en una nueva esperanza...
ORINOCO, la esperanza...
Y por cierto, cinco siglos antes ya había remontado el Orinoco por primera vez una expedición dirigida por Diego de Ordás que partió de las costas de Venezuela. Esta expedición se convirtió así en la precursora de la búsqueda de El Dorado por las riberas de este grandioso río que baña nuestro país. Ordás estaba deseoso de demostrar que los afluentes de este majestuoso río conducían hasta las fuentes del oro, decía también que ahí había una conexión entre el color del metal y el brillo dorado del sol que guiaba su camino:
“El Dorado se esfumaba ante los ojos del hombre blanco. Algunos se devolvieron a punto de alcanzarlo. Otros pasaron junto a él sin verlo, cegados acaso por su mismo fulgor. Buscándolo en todas partes. Se esfumaba en la niebla de las cordilleras y de los ríos... Si acaso alguno penetró en las calles de Manoa, fue como esclavo. Le pusieron una venda en los ojos. Así ocurrió a Juan Martínez, maestro de municiones de Diego de Ordaz...”
Este conquistador español era duro y rígido pero igualmente aventurero, y ciertamente famoso por su tenacidad en tratar de llegar a El Dorado. Y fueron precisamente sus afanosas fantasías sobre las maravillosas ciudades doradas que ubicada en la selva venezolana las que incitaron a Walter Raleigh a cruzar el Océano para incursionar el Orinoco. El famosísimo cortesano y corsario inglés, poeta y favorito (en un tiempo) de la reina Isabel, se había encantado con muchas lecturas de libros sobre América mientras se encontraba prisionero entre los pesados ladrillos de la Torre de Londres (1592) –a causa de los celos de la propia y amada reina Isabel- y le surgió el deseo de aventurarse para ganarse nuevamente el favor de la reina, en la búsqueda de los maravillosos tesoros que creía iba a encontrar en las ya famosas y no menos fantásticas colinas doradas de Manoa, situada a las orillas del mítico lago Parima.
En 1595 hizo una expedición por el Orinoco que duró algo más de un mes. Fue la primera aventura inglesa al interior de la América del Sur. Walter Raleigh se estaba convirtiendo así en una víctima más de la leyenda de El Dorado. Su imaginación le hace fabricar la historia maravillosa de la huída de los últimos descendientes de los emperadores Incas por el Amazonas y el Orinoco para establecerse en la legendaria Manoa:
“...Hace muchos años que tengo conocimiento, por informes, del poderoso, rico y bello imperio de Guiana (Guayana) y de la grande y dorada ciudad que los españoles llaman El Dorado y los naturales Manoa...”
De regreso al Caribe y después de pasar por mil y una penurias y con las arcas vacías ya que el mismo se había financiado las expediciones, los barcos de Raleigh trataron de ganar algún tesoro para resolver sus problemas económicos. Navegaron pues, a la isla de Margarita en busca de las ya famosas y tan deseadas perlas. Todas estas peripecias con todo detalle quedaron plasmadas en relato de Raleigh que publicó en su citado libro titulado Las doradas colinas de Manoa. No podemos negar que es una narración en verdad interesante, pues contiene una enumeración de todas las expediciones anteriores de las que tenía noticia y que habían partido en busca de El Dorado. Y al explicar la leyenda de El Dorado, logró mezclar aquel mito del hombre bañado en oro con otras anteriores y posteriores, para llegar a una combinación realmente insólita. Fue así como el corsario inglés se convirtió en uno de los que le dio mayor popularidad a esa leyenda que pareciera ser necesaria para estimular la mente de los hombres y que aún hoy día los sigue incitando, pero ahora a través quizás, me pregunto ¿del Internet y las estafas virtuales?
Es evidente que Sir Walter Raleigh se había enamorado del “gran río Orinoco”, según sus propias palabras, tanto así que quiso incluso establecer en sus orillas algunas colonias. Su descripción:
“A ambos lados de este río (Orinoco) se extendía el más bello país que mis ojos jamás hallan contemplado; y por consiguiente todo lo que habíamos visto antes no era nada sino bosques, zarzales, arbustos y espinas; aquí contemplamos llanuras de veinte millas de longitud, de pasto bajo y verde, y en diversas partes sotos de árboles juntos, como si hubieran sido hechos por el arte y trabajo del mundo para tal propósito..”
Neruda afirma que Orinoco era el apellido que le faltaba. Y es que el Orinoco es uno de los ríos no sólo más grandes sino más imponentes de la América del Sur que se levanta en la Sierra de Parima y entra al Atlántico por el gran Delta, y de los múltiples canales que como un enorme pulpo que conduce sus tentáculos hacia el Caribe , algunos son perfectamente navegables. Humboldt lo describió en toda su majestad:
“...Con la salida del Apure nos encontramos metidos en un país completamente distinto. Hasta donde alcanzaba la vista, extendíase una inmensa superficie acuática, comparable a un lago. El penetrante griterío de garzas, flamencos y pelícanos cuando pasaban en largas bandadas de una a otra orilla, no llenaba ya el aire. Apenas veíamos acá y acullá, entre las sinuosidades de las olas, un gran caimán que, con ayuda de la cola, surcaba diagonalmente la movida superficie del agua. El horizonte estaba rodeado de un cinturón de selva, pero en ninguna parte avanzaba ésta hasta el río. Anchas orillas, eternamente expuestas al ardor de los rayos solares, peladas y áridas como la ribera del mar, parecían, a causa de la refracción atmosférica, lejanas extensiones de aguas estancadas. Estas orillas arenosas más bien borraban los límites del río, en vez de precisarlos; según el juego cambiante de la refracción, las riberas tan pronto se acercaban como se alejaban... Estos rasgos de dispersión del paisaje, este sello de soledad y grandiosidad, caracterizan el curso del Orinoco, uno de los ríos más caudalosos del Nuevo Mundo... ... El punto donde se produce la famosa bifurcación del Orinoco, ofrece un espectáculo de rara grandeza. En la orilla Norte se elevan altas montañas de granito, de las cuales se distinguen, a lo lejos, el Maraguaca y el Duida...”
Y de vuelta al siglo XX y a nuestro autor Enrique Bernardo Núñez, en su tan esmerado como interesante ensayo Orinoco.- Capítulo de una historia de este río, el secreto de la tierra que antes se guardaba en las playas y aguas perlíferas, esta vez va a guardarse en el misterio de los ríos. “El Orinoco es su símbolo y su centro” afirma Orlando Araujo al comentar este trabajo. Se publica en 1943 y el autor lo divide en “Manoa, la golden city”, “El secreto del Dorado”, “El viaje de Releigh” y “La herencia de Elisabeth”. Es evidente y extensa la influencia en este trabajo de las narraciones de sir Walter Raleigh, y también, pero en menor medida del Viaje a las regiones equinocciales de nuestro famoso viajero alemán. Y no sólo que Orinoco es un ensayo sobre las crónicas de la búsqueda del dorado en la región bañada por el “gran río”, sino que el autor inserta en esa historia algo más trascendental que lo simplemente descriptivo o informativo geográfico. Orinoco es de hecho una profunda reflexión a la vez que visión recordatoria del constante asedio a que ha estado sometida Venezuela y sus naturales riquezas. También la reclamación de sus fronteras. Es el alerta de una voz que quiere dejarse oír como denuncia colectiva de que lo que aconteció en aquellas remotas épocas de descubrimientos no fue más que el comienzo de un continuo socavar en beneficio de naciones e intereses extranjeros, corsarios galardonados y despojadores impenitentes. Dice Oswaldo Larrazábal que el ensayo Orinoco es “el reclamo apasionado de un escritor venezolano que se angustiaba ante la vigencia intemporal de la ambición colonialista...”
Leamos otro fragmento de este importante ensayo:
“... La adquisición de Trinidad frente al Delta del Orinoco le depara una magnífica posición para dominar la entrada del río (cursiva en el original). Cuando el bloqueo de las costas de Venezuela en 1902 los navíos ingleses se sitúan en las Bocas del Orinoco en demostración de reivindicar aquellas pretensiones. Luego sus geólogos descubren que el lecho submarino entre la isla de Trinidad y la Costa de Venezuela forma una misma zona extraordinariamente rica en petróleo (cursiva en el original) ... ... La historia del litigio es un interminable desfile de fantasmas, desde Colón y Alonso de Ojeda y demás descubridores hasta los más ignorados colonos holandeses y españoles. El Papa Alejandro VI, el Emperador Carlos V y el Rey Felipe IV y Carlos II el hechizado, La Reina Ana de gran Bretaña y el Rey Felipe V. Embajadores, ministros, piratas, negociantes, cronistas, misioneros. El decapitado sir Walter Raleigh, el poeta Juan de Late, quien escribía las proezas de holandeses y españoles. Acudían todos a dar testimonio a favor de Venezuela o de Gran Bretaña, según el caso...”
Finalmente podemos decir que la mayor parte de los ensayos de Enrique Bernardo Núñez son ciertamente además de amenos, trabajados, densos y el rigor subyace sobre todo en las muchas lecturas que se sienten y el prolijo y minucioso aparato documental que se percibe en cada afirmación, en cada secuencia argumental, en cada cita. Enrique Bernardo Núñez logra su efecto en el estricto sentido del género ensayístico, por acumulación, compromiso, densidad, reflexión y textura estilística. Orlando Araujo dice: “historiador, narrador, periodista, cronista, biógrafo, crítico y curioso. Enrique Bernardo Núñez es, por sobre toda clasificación y en la trastienda de todos sus orígenes, un ensayista..”
Podemos decir sin lugar a dudas que Enrique Bernardo Núñez dio al ensayo, en aquel momento de la búsqueda de las identidades, un esplendor y una flexibilidad antes no conocidos, unidos a su amor por la tierra. Y como yo lo decía al principio, en un leguaje muy poético, leamos esta frase del primer capítulo “Manoa, la Golden City” de Orinoco donde la imagen estética se entralaza a la narración en un estilo densamente poético:
“...Al llegar a la Bocas del Orinoco, Raleigh cae gravemente enfermo. Su hijo muere en el asalto a Santo Tomás de Guayana, de cara al enemigo. El fin era, pues, la muerte de su hijo y el fracaso de sus sueños. El mundo para él ya no tenía objeto. Un crepúsculo magnífico caía sobre el Delta y las sombras de la noche no dejaban ver sus lágrimas...”
En cuanto a la temática de sus ensayos, la selección salida de su inquieta, curiosa y densa pluma forma un abanico ciertamente muy variado de asuntos, y si hacemos un arqueo minucioso de los títulos, vemos que son de su preferencia los referidos a la situación existencial y geográfica de Venezuela, a los problemas de la venezolanidad y al estudio de los perfiles de personajes venezolanos (Andrés Bello, Francisco de Miranda, Agustín Codazzi, Arístides Rojas entre otros), todos dentro del ámbito de la identidad nacional. Con una profunda sensibilidad especialmente por la tierra originaria. Y en 1963 “Como si presintiera que la muerte se le acercaba” trazó en el Índice de sus trabajos publicados una suerte de personalísima bibliografía que es el fondo una guía de sus escritos...” . En 1964 murió en su casa de Caracas, un primero de octubre.
A MANERA DE CONCLUSIÓN...
Con el paso de los siglos, El Dorado sigue presente en el imaginario de los hombres, pero cambia de rumbo, según va llamando el interior de la tierra. A principios del siglo XX, con la esperanza de mejor fortuna muchos venezolanos se van a trabajar, después de poblar las húmedas tierras del Delta del Orinoco, a las petroleras del Zulia y de Oriente. Sabemos sin embargo que por lo general la búsqueda de riquezas termina mayormente en devastación. Entonces, ¿dónde hay esperanza? La esperanza del ser humano, según Enrique Bernardo Núñez está en la búsqueda de la Libertad. Y a manera de esperanzadora conclusión “hacia un futuro mejor” (valga el clisé) me permito transcribir este fragmento de su ensayo de “El Dorado y la Libertad”
“...El Dorado les había infundió a los conquistadores la fuerza de la hazaña. Más tarde fue la conquista de la libertad, y de nuevo, otro ideal multiplicó las energías y alimentó la hazaña. El “mito” de la Libertad (por la férrea voluntad de los libertadores) resulta más humano... Es indudable que los pueblos necesitan de una fuerza superior a la del oro. El Dorado y la Libertad son dos maneras de concebir la Historia. Tal vez ambas puedan identificarse. Tal vez la lucha que hoy se desarrolla en el planeta no tiene otro significado. La lucha entre el oro y el hombre. Entre el oro y la voluntad o el espíritu. De estos dos objetivos sale el orden de los Conquistadores y el orden de los Libertadores, en los que realmente puede dividirse este período de la historia de Venezuela. La ruta del Dorado nos pone en comunicación con el hombre primitivo. En su horizonte destella un mundo poético de inmenso valor humano”
Julio E. Miranda, Proceso a la narrativa venezolana, p.115
Enrique Bernardo Nuñez “Signos en el tiempo”, en Bajo el samán. p.18
Enrique Bernardo Núñez Orinoco Ayacucho, p.244
Walter Raleigh, Las doradas colinas de Manoa p.25
Walter Raleigh, Las doradas colinas de Manoa p.130
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Orlando Araujo, Idem
Oswaldo Larrazábal, Biblioteca Ayacucho, p.235
Enrique Bernardo Núñez , Cubagua, p. 253
Orlando Araujo Cacao., p. 24
Enrique Bernardo Núñez Orinoco p.244
Novelas y Ensayos, (Cronología por Roberto José Lovera de Sola), p.325
Enrique Bernardo Núñez Bajo el Samán ,pp.20-21
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Cesia Hirshbein
Instituto de Estudios Hispanoamericanos
Facultad de Humanidades y Educación
Universidad Central de Venezuela
chirshbein@yahoo.com



